Entrevista con Oceánica: La ola subterránea que se aproxima ruidosa

(Fotografía: Jordan Cortés para Oceánica)

Tania, Natalia y Jona son de La Calera. Natalia y Jona trabajan, Tania estudia. Los tres componen, gustan de la poesía, de la contemplación, y de los más diversos sonidos. Les interesa hablar desde sus sentimientos y armonizar sus vivencias.

Bajo esta premisa se logra Oceánica, un trío adepto del shoegaze, el pop onírico y hasta el post punk, que le ha entregado ruido y personalidad a una escena donde están pasando cosas. En Niña Provincia conversamos con sus integrantes, a poco de concentrarse en la realización de su primer epé.

Caminando por el último tramo de la Población Cemento de La Calera, Natalia se detiene frente a la gruta, al final de la alameda que encamina el sector. Es un jueves cualquiera en la comuna, pasado el mediodía. Las hojas, más secas que verdes, caen y crujen cuando sienten la pisada encima. Ella quiere esperar ahí a su compañero de banda, Jona, quien vive en los alrededores. La noche anterior estuvo de turno en su trabajo. El sueño y el descanso apremian.

“Yo creo que el origen es bien rancio, porque nosotros teníamos una especie de banda tributo a Nirvana”, cuenta Natalia. Y así surgió Oceánica, entre 2012 y 2013. Aunque no fue hasta hace un año y medio que se afianzaron con el proyecto actual. Antes de dar ese paso, la banda tuvo idas y venidas, formaciones por separado e integrantes que ya no están. “Los primeros temas los empezamos a trabajar el Jona y yo. Después, junto con la Tania, empezamos a darles las baterías. De hecho, el Jona ya le tenía hecho algunas baterías, se las mostró un poco a la Tania, y ahí la cuestión empezó a evolucionar”, continúa.

Actualmente, la agurpación está compuesta por tres integrantes: Natalia Flores, Tania Tapia y Jonathan (Jona) Osorio. Flores tiene 23 años, trabaja con niños de prebásica y en la banda las hace de guitarrista, bajista –a veces–, y en otras oportunidades, se pasa al sintetizador o canta. Sus inicios la remontan a tempranas composiciones en la adolescencia, así lo relata: “Empecé a componer a los 16, ¿quizás? 15, 16 años. En ese momento, las primeras inspiraciones se relacionaban con la muerte de mi tío, como una necesidad de canalizar, de arreglar algo interno. Siempre es eso: primero hay una “necesidad de”. Al menos para mí, es de esa forma, de tener algo interno que te aqueja y que no se rompe hasta que lo sacai de forma artística”.

Por asuntos de fuerza mayor, Tania Tapia no puede estar presente en esta entrevista. Ella tiene 21 años, estudia Técnico en Odontología y en la formación del grupo, está a cargo de la batería y las percusiones. También hace los coros. El tercer compañero, Jonathan Osorio tiene 22 años, trabaja en Sopraval, dejó los estudios universitarios para dedicarse a la banda, y cumple un rol parecido al de Natalia: su perfil se acerca al del guitarrista, a veces se pasa al bajo, así como también hace sintetizadores y voces. Antes participó de otros proyectos musicales en la zona, entre estos, Mente en Trámite.

Hacia la superficie

Oceánica “viene de los sueños que tenemos todos, no sé, como esa pertenencia al océano. Nos sentimos súper identificados con las criaturas submarinas”, explica Jonathan Osorio. Para Natalia Flores, el concepto recae en la curiosidad de lo incógnito, pero a la vez, elemental. “Nos llama la atención ese lado oculto del mundo, porque el mar es súper poco conocido, entonces sentimos que eso representa súper bien a la banda, porque es algo que está por descubrirse, como algo que viene, algo nuevo, algo que se abre, pero que todavía no se ve”.

En enero, el trío calerano presentó su primer single “My Girl” y al mes siguiente, continuaron con “Nube” –ambos producidos con la ayuda de Jurel Sónico, en HISS–, desde la autogestión de sus participantes, y bajo el apoyo de Sello Invisible, por medio de diversas plataformas de streaming. Los dos temas serán parte de su primer EP, que está en vías de grabación.

“Es acogedora la sensación, porque bueno, creo que a ninguno de los tres nos interesa comercializar tanto la cuestión, ¿cachai? Nos interesa que cierta gente se conecte con lo que hacemos, y que lo comparta. Es mucho más de lo que esperábamos, y eso ya es suficiente”, reflexiona Flores sobre la recepción de los sencillos, diferenciados por su huella análoga, un sonido sucio y con cercanía a los sonidos del shoegaze, pop onírico y lo más experimental. Para la joven música, cada canción ha recaído en un contexto adecuado: ““My Girl” es un tema con esa estructura bien pop, onda, estrofa-coro, estrofa-coro, es media pegote, tiene esa particularidad de ser un tema popular. Y “Nube” ya es otra cosa, un tema experimental (…) para mí, es uno de nuestros mejores temas, en el sentido de la composición”.

La bajista –también guitarrista– admite que en la trastienda, hay una formación melómana y claras influencias de voces contemporáneas, entre ellas las de Robert Smith, bandas desde el ambient, Brian Eno, y la obra de Cerati: “Dynamo también es un álbum importante en nosotros, así como el shoegaze más cercano que tenemos, bueno el shoegaze en general también nos pegó harto”. Osorio lo eclipsa, “como una luz que viene del pasado, y nosotros la reflejamos, y la condensamos y pasa esto, que es como una inspiración en rewind“.

(De izquierda a derecha: Jona, Tania y Natalia. Fotografía: Jordan Cortés para Oceánica)

-¿Qué otros elementos han inspirado su proceso creativo?

N: Hmm, yo creo que mueve la contemplación, de repente. Siempre estamos inquietos en ese sentido, en el sentido creativo. Es algo inalcanzable, por decirlo así. Nosotros no tenemos un límite creativo, tratamos que lo que venga, si lo encontramos que es positivo, es bueno, o ni siquiera positivo –o bueno casi de moral–, menos comercial, sino que en el sentido que a nosotros nos repercuta, y lo vamos a seguir. Por ejemplo, el EP no tiene una línea. Lo que venga, viene no más. Nosotros somos así.

J: Es como una hueá bien pasional. Eh, ¿cómo era la pregunta? Yo podría agregar uno: la experiencia de cada uno. Pucha, la Naty compone en su casa, yo compongo en mi casa y la Tania también lo hace. Y no sé, las muertes. Cuando se murió mi tata, me estalló la música por dentro.

Y aunque el proceso de composición y producción ha transcurrido dentro de sus expectativas, saben que la profesionalización son palabras mayores desde su vereda. Jona, en ese sentido, quiso tomar el riesgo: “Es difícil vivir de eso acá. Ser un músico alternativo, y en general, tratar de vivir de la música, como en los 90’s y todas esas hueás, pero si nos gustaría, de hecho, yo dejé la universidad para hacer música, para comprarme mis cosas, porque mis papás no tienen plata, y estar en la U eran muchos años y quería tocar el sueño y aquí estamos”.

Donde están pasando cosas

“En lo personal, me gustaría adherirme a esta zona, solidificar una escena, y empezar a hacer circuitos de tocatas, a meter ruido acá, porque es una zona súper olvidada, manchada por el punk y el metal”, señala Osorio. Lo que dice el guitarrista es en torno a sus propósitos con Oceánica, y sus ganas de marcar la diferencia en la escena local, frente al movimiento que arrastró la ola del punk y el metal hasta mediados de la década; una tendencia que pudo haber opacado, en parte, el surgimiento de nichos alternos –sobre todo, al interior de la región–, pero que ha evolucionado en la actualidad.

“Yo igual disfruto de la música un poco más pesada, pero otra cosa es lo que se crea ahí, entre las personas, ¿cachai? Ese ego culiao’, de decir que ‘nuestra música es lo máximo’, es como un dogma, y el virtuosismo y la hueá”, complementa Natalia. Esta diversificación de la movida musical, tiene que ver con una generación reciente de artistas y gestores entusiastas del territorio, que han apostado por la recuperación de espacios, como sucede –en el círculo de Oceánica–, con El Vagón, un multiespacio autogestionado que funciona en la ex Estación de La Calera.

La banda, en añadidura, ha acudido a casas, patios y pequeños centros emergentes para mostrarse, tal como lo hicieron en el verano para una de sus tocatas, “Dimensión Alternativa”. Este sábado, repetirán la ocasión en el mismo Vagón, a propósito del lanzamiento en vivo de Ruido Colectivo, una comunidad de músicos artistas que buscan aliarse para dar un paso hacia la profesionalización, a través de la producción y organización de eventos, tocatas y otras iniciativas musicales. Junto a los responsables de “My Girl”estará Kúpula, Bárbara, Pétalos Oscuros, Difonía Azul y La Divina Visitante, todas siempre oriundas de Quillota, Nogales y la ciudad cementera.

¿Sienten que están pasando cosas desde lo que ustedes están haciendo surgir?

J: Sí. Muchísimas cosas han pasado, hay bandas de cabros más jóvenes que están saliendo, y son muy buenos. Y es música súper buena, y no sé… ¿Es como un sueño? (risas).

N: Claro. Me gustaría mencionar a los Pétalos (Oscuros), que es una banda que nosotros –como nos gusta el under y la electrónica–, admiramos mucho en su proceso, y hace poco subieron un EP a Spotify y son de acá, de la zona.

J: Y lo hacen en su casa.

N: Y con FL Studio suenan súper bien. Es muy admirable el trabajo que hacen, entonces, están pasando cosas y hay que hacer registro de eso. Es bacán esto.

–Es curioso, porque La Calera, Quillota, Villa Alemana, Quilpué, parecieran que todos fueran espacios emergentes, sin embargo, todos son pequeños micro universos, y se diferencian. En ese sentido, ¿ustedes se sienten aliados o sienten que todavía están muy situados en La Calera? ¿Necesitan salir de acá?

N: Sería bacán salir, pero también es bueno estar acá.

J: Es bueno estar acá, hacernos oír desde acá. ¿Para qué ir a otro lado o a Santiago para que me conozcan si lo puedo hacerlo acá en mi casa? Y queremos hacerlo. Queremos ayudar a las otras bandas.

N: Es que al final, se trata de descentralizar un poco, en todo sentido. Las miradas que estén en Santiago, o Valpo igual pueden darse la vuelta y ver para otro lado. Tampoco es un esfuerzo tan grande. Las redes están ahí, la música está ahí; son plataformas que no tienen territorio. También nos gustaría traer a algunas bandas de Santiago para acá, ¿cachai? Empezar a separarnos un poco del monopolio que hay allá con la música.

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